Miriam y Mario
by Luisa Etxenike
Esta columna cierra para mí el noventa y nueve. También lo que llamaré el ciclo americano, los cuatro meses que he pasado en Nueva York y que , leve o grosso moddo, han informado las opiniones que comparto semanalmente con ustedes. En fin, que vuelvo a vivir aquí, literalmente.
Y quiero dedicar estas últimas líneas del año y del ciclo a Miriam y Mario.
Sus dos nombres, tan próximos, aliterados, mestizos, parecen componer el título de una película. Y en un sentido, así es. No una película de buenos y de malos, como casi todas, sino de sólo de buenos.
De buenísimos. Porque desde su casa de la West End Avenue, Miriam Nurnberg y Mario de Salegi hacen de hadas madrinas para cuanto vasco pone un pie en suelo neoyorkino y llama a su puerta.
Llamas a la puerta y la puerta se abre; sin que nadie te pida previamente que enseñes la patita, como en el cuento de las cabritillas. No hace falta tener la pata blanca, ni la mente diseñada en un modo particular, ni la opinión orientada hacia un norte concreto. Tocas la puerta y basta. Se abre, te acogen y te dan lo que tienen. De pensar, de comer -maravillosamente-; de querer.
Comparten contigo su vida, que no calificaré de larga sino de extensa y caudalosa. Sus conocimientos -ella es científica en la acepción más renacentista de la término; él, escritor y gudari de siempre y pensador europeísta actual y futuro-.
Y hablo por mí, aunque podría hablar por muchos más, en nombre de los cientos de vascas y vascos que, a lo largo de los últimos cincuenta años, han sentido que Miriam y Mario les cambiaban la vida.
Que sin ellos, Nueva York hubiera podido parecer alguna vez demasiado grande o inhóspita. O laberíntica. O desconcertante. Que sin ellos, hubieran podido sentirse solos alguna vez. Tristes. Añorantes. Desvalidos.
Que sin ellos la frontera entre lo propio y lo ajeno hubiera podido pinchar, alguna vez, como una alambrada.
No ha sido así. Estaban ellos, Miriam y Mario. Para explicarte y orientarte y acompañarte y nutrirte de alimentos visibles e invisibles; para alegrarse contigo de lo bueno; para apoyarte en lo dudoso; para consolarte en lo peor. Para ilustrar, de palabra y de obra, lo que significa ser generoso y progresista y ancho, elástico, de mente. Y leal. Y joven. Y vasco y neoyorkino.
With permission of the author.
March 2007
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Updated 10 February, 2008
